Entre el agotamiento y la fascinación: la carrera de RWF. Por Alfonso Cañadas

Mi incursión a la filmografía de Rainer Werner Fassbinder ha sido tardía si la comparamos con mi pasión temprana por las carreras de sus dos principales compañeros dentro del Nuevo Cine Alemán: Wim Wenders y mi amado Werner Herzog. Es cierto también que de estos tres cineastas, la obra de RWF es la que menos casa conmigo. Todo empezó mal: si bien ya había visto hacía años sin pena ni gloria La ansiedad de Veronika Voss (1982), la cosa se torció intensamente cuando visioné en 2022 Todos nos llamamos Alí (1974) y quedé plenamente insatisfecho. Lo siento por todos los amantes de esta película que lean mi texto, pero no soporto esa crítica manida al racismo alemán de la época. Me resulta excesivamente descafeinada para su tiempo, y si bien su estética kitsch resulta estimulante, no suma suficiente valor a esa historia repleta de clichés y falta de total originalidad. Después de este ladrillazo considerable, sigamos.


Decidí volver a Fassbinder un año más tarde, apostando por una de sus obras menos aplaudidas, Effi Briest (1974). Dejando de lado mi incapacidad para seguir el farragoso argumento, he de decir que a nivel de expresividad visual la obra me resultó apabullante. Acabé con la cabeza como un bombo, pero al menos palpaba un gran talento narrativo y un enorme riesgo formal en la propuesta de RWF. Esto iba mucho más allá de una fotografía inteligente y unos juegos visuales curiosos. Parecía que una reconciliación cinéfila acababa de comenzar.


Sin embargo, desde entonces, cada encuentro con la carrera de Fassbinder me ha dado una de cal y otra de arena. Tengo bastante claro que mi pieza favorita es la austera El mercader de las cuatro estaciones (1971), que podría etiquetarse vagamente como “obra menor” y que, no obstante, me parece la película de RWF donde mejor cuadra todo. Con esa puesta en escena sencilla y encantadora, que recuerda a algunas obras primerizas de su compatriota Herzog (véase Woyzeck o su adaptación de Nosferatu), un conflicto bien planteado sobre la infidelidad y la violencia intrafamiliar, y su toque de atrevimiento tan característico (me refiero aquí a que no hay ningún tipo de reparo en mostrar escenas sexuales).


También me enamora su obra televisiva Martha (1974), de una belleza y originalidad visual difícilmente comparable. Y añadiría además en este grupo de adoradas las que me parecen sus películas más reivindicativas a nivel socio-político: La ley del más fuerte y El viaje a la felicidad de mamá Küster, ambas estrenadas en 1975. La primera de ellas es un sobrio ejercicio analítico sobre los bajos fondos del mundo queer, con una trama protagonizada por dinámicas injustas y oscuras que condenan al protagonista, el ingenuo Fox. La segunda sigue una senda similar, ya que aborda el egoísmo de grupos políticos que tratan de aprovecharse de la situación de una mujer viuda que ha perdido a su esposo tras un supuesto acto revolucionario. Es dejando de lado estas obras donde aparecen mis verdaderos problemas con RWF.


Hay cosas más que interesantes (incluso más allá de la citada estética kitsch) en películas como El matrimonio de Maria Braun (1979), Lola (1981) o Querelle (1982). Sin embargo, sus personajes me parecen tan fríos y distantes, tan arquetípicos y caricaturescos que el aburrimiento no tarda en llegar. Todo lo que me aporta la puesta en escena (soberbia y ultraoriginal en cada una de ellas) me lo quitan los insufribles e interminables diálogos. Quizás el ejemplo más extremo de esta confrontación de intereses lo encuentro en la misteriosa La ruleta china (1976), peculiar donde las haya, visualmente muy estimulante, pero que no me impide caer en el tedio a mitad de su metraje.


Y llevando al extremo esa incompatibilidad con mis intereses cinéfilos, debo nombrar más allá de a Todos nos llamamos Alí a películas tales como Las amargas lágrimas de Petra von Kant (1972), Un año con trece lunas (1978) y su serie televisiva El mundo conectado (1973). Esta última de hecho representa de manera muy clara lo que no me atrae en absoluto de la carrera de este, sin duda, original cineasta: la premisa parece más que interesante, un antecedente de Matrix (1999) en la Alemania de los años 70. Ahora bien, lo que nos encontramos dista mucho de lo prometido(?), ya que la obra es un continuo de idas y venidas de personajes expresando diálogos supuestamente profundos pero aparentemente pretenciosos. Por otra parte, siempre existe reivindicación socio-política en la obra de RWF, sin embargo en casos como en Un año con trece lunas está tan embarrada por imágenes provocativas vacuas (véase los planos en el matadero), por un ritmo tedioso y una estructura reiterativa que es difícil terminar con energía para llegar a conclusiones profundas.


No me cabe duda de que la intención de Fassbinder, como vanguardista y joven provocador que fue, es generar ese agotamiento en el espectador, y yo soy proclive a aplaudir tales ejercicios, sin embargo cuando el aburrimiento secuestra el visionado, cuando más allá de un apartado visual interesante no vislumbramos por momentos más que tedio, es difícil afirmar un “me ha gustado” y pasar a la siguiente obra como si nada.



©Alfonso Cañadas, diciembre de 2025

Comentarios