La vida se escapa. The Mastermind, de Kelly Reichardt. Por Alfonso Cañadas


Después de un segundo visionado sigo absolutamente fascinado con la última película de la increíblemente talentosa cineasta estadounidense Kelly Reichardt, The Mastermind. Dos de los directores del momento (al menos a nivel de consideración por parte de la comunidad cinéfila) han estrenado película este año: Paul Thomas Anderson y la citada Reichardt. Ambos además estadounidenses, dedican su filmografía a la composición de frescos analíticos sobre la historia de su nación. No obstante, mientras PTA conjuga grupos de personajes, espacios amplios y tramas sin limitaciones de ningún tipo; Reichardt se desenvuelve en historias minúsculas, con personajes que en muchas ocasiones no parecen protagonistas ni de su propia película. Pero esto, lejos de dar como resultado historias menores o anecdóticas, resulta un ejemplo de cómo se pueden crear narraciones ricas a través de encadenar pequeños detalles sobre los cuales el espectador, si está avispado, podrá extraer sentidas reflexiones.




The Mastermind sigue las andanzas de JB Mooney, un carpintero con mucho tiempo para imaginar y mucha estima sobre sus propias capacidades. Casado y con dos hijos, JB lleva un tiempo merodeando un pequeño museo que se encuentra en la discreta población de Massachusetts donde su familia y él habitan. Por lo que parece, además, recientemente está probándose a cometer pequeños hurtos en la citada galería. Y es que JB tiene un plan, un plan que ha maquinado en soledad, con quién considera su más audaz compañero de fechorías: él mismo. Va a robar cuatro obras pictóricas abstractas de Arthur Dove. Pero ¿qué pinta un carpintero local robando cuadros abstractos?


Esta última duda, sembrada desde el comienzo de la obra en el espectador, es quizás la que estructura todo el relato, y de la que la directora va a hacer manar gran cantidad de conclusiones. A lo largo de toda la película Reichardt nos ofrece con cuenta gotas información sobre el entorno de JB, todo ello perfectamente encajado en el tono espontáneo de la historia: su padre es un juez respetado, algo que él aprovecha para pedir respaldo económico cuando lo necesita. Además, sabemos por un titular de periódico que JB acudió temporalmente a una escuela de arte de la que acabó desertando. Por último, a través de conversaciones con sus amigos (la mayoría de ellos ex-compañeros de la escuela de arte), llegamos a intuir que JB pretendía revender los cuadros con la colaboración de un profesor de arte de su antigua escuela.



Y es que, una vez llevado a cabo el robo más cutre posible (todo tiene un aire local, anecdótico, de poca relevancia), en el que además JB se ocupa de no mancharse las manos y que dos colegas de escasas luces (estos, por supuesto, no fueron a la escuela de arte) se encarguen de sacar las obras del museo, finalmente nuestro protagonista es descubierto. En un principio consigue zafarse inmiscuyendo a su padre en el relato cuando los agentes vienen a visitarle, sin embargo, la segunda mitad de la película está dedicada al destierro en el que se ve sumido. Huyendo indefinidamente de la ley, vemos cómo JB va quemando puentes, puentes que ya estaban a punto de arder y que son otra muestra de que no es la primera vez que este aventurero ha tenido que pedir favores debido a sus “planes sin fisura”. En una imagen profundamente intimista y conmovedora, ya casi llegando al final, JB llama desde un hostal a su esposa (que está alojada en casa de sus suegros, que siempre parecen salvar los muebles de forma subyacente) y "confiesa" tímidamente que “tres cuartas partes de lo que ha hecho era por ellos”. Pero ya todos están cansados de creerle.



The Mastermind resulta un análisis impresionante de cómo una mente narcisista puede llevar su propia estima hasta las últimas consecuencias. Cómo su ego extiende las garras y absorbe a todos los habitantes de su pequeño mundo. Para JB robar esos cuadros en el museo local no es un acto de necesidad, es un acto de reafirmación, de que él está por encima del arte que adoran muchos de sus allegados. La vida se le escapa, pero hasta el final va a tratar de demostrarse a sí mismo que es más capaz que los demás, que siempre tiene un plan para ir un paso por delante.



Cabe destacar por último lo que ya es una obviedad, y es que además de la maravillosa estructura dramática que he elogiado a lo largo de este texto, hay que hablar del impresionante trabajo de puesta en escena de Reichardt, siempre con guiño a su amor por el cine experimental. Resulta imposible no pensar en las composiciones estructuralistas de James Benning en ese Massachusetts setentero que dibuja con tanta habilidad a través, sobre todo, de los vehículos yendo de un lugar a otro. Esto, como digo, no es algo nuevo en la directora, pero siempre me veo en la necesidad de remarcarlo, ya que no es sencillo trazar estos guiños visuales tan oportunos a través de la historia del cine.

One Way Boogie Woogie (1977), dir: James Benning

©Alfonso Cañadas, diciembre de 2025


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